Caminando por railes [II]

Caminando por railes [II]

Pretendo hacer aquí una continuación de «Caminando por railes [I]«, publicada hace ya más de un año. Esta segunda parte se escribió como borrador en enero de 2021. Paso a publicarla ahora, en mayo de 2022, tras mucho tiempo en la recámara. Lo hago con ilusión. Este camino supuso un momento nuevo en mi vida, igual que el que comienzo ahora con la residencia de medicina. Espero que disfrutéis de la lectura. Un abrazo :).


Una vez pasada la autovía de la plata, A-66, por un túnel que deja espacio a un vergel precioso que podría ser un refugio ferroviario, el camino se complicaba. Mucho. Solo había una manera de cruzar el Arroyo del Cerrado: el Puente del Montejo. Me llevaría a Pizarral y de ahí a la comarca de Salvatierra, mi destino.

La estructura en sí estaba en perfecto estado. Aun más vigorosas eran las hierbas que crecían en la vía, para las que hubiera necesitado un machete. A lo lejos la vía del ferrocarril continuaba paralela al arroyo, lo que me hablaba de mucha compañía herbórea. Tocaba resignarse, deshacer algunos pasos y retomar otro camino paralelo a la carretera nacional. Cuando los pies llevan más de 50 kilómetros caminados no se toman con buenas vibras este tipo de cambios de última hora. Hablar por teléfono con Tero, un amigo, resultó ser un masaje. Afortunadamente un amable conductor de autobús de la linea que unía la capital con Guijuelo me recogió en medio de la nada. Era una respuesta a un pulgar levantado que llamaba al buen hacer. 

Este pueblo ganadero vive del negocio del jamón. Conocido por toda la península, los cerdos que comen bellotas de las encinas viven tanto en tierra salmantina como extremeña. Me tengo que parar aquí para decir que bellota tiene como origen una palabra árabe que significa encina. Toma pleonasmo. Como veis algunas neuronas empezaban a fallar.

En cualquier caso, este pueblo tiene la mayor renta per cápita de toda la provincia, hay mucho negocio y tenía mucha lógica que el ferrocarril pasase en su momento por él. Para un servidor fue el último lugar antes de mi destino. Una maravillosa familia me recogería para acompañarme a Fuenterroble de Salvatierra, amen de unas ampollas que habían explotado tras haber caminado ya casi 60km. Una distancia equivalente a 3 o 4 jornadas del Camino de Santiago tomadas con gusto en un solo día.

Hago lo que querría que cualquiera hiciese para ayudar a mi propio hijo”, me decía la madre en el coche. Haz todo el bien que puedas, allá por donde pases, me gusta decir a mí. Que gran razón. Me dejaron en la misma puerta de mi destino. Con el COVID presente, este albergue del pueblo, dirigido por el conocido párroco Blas, me acogió. Techo y cama para un peregrino espiritual recorriendo el hierro de la historia. No podían darme de comer, algo que harían con gusto como hacían antes de una pandemia, pero me dirigieron al mejor (y casi único) bar de la zona. Como sabe una cena fuerte tras muchos pasos. 

A la mañana siguiente mi historia estaba a punto de terminar. En el albergue, Blas, Javier, Antonio y otros voluntarios que viven allí permanentemente me enseñaron la labor que hacen. Personas con vidas muy distintas entregadas a hacer un lugar de acogimiento para quienes no tienen nada o nadie a donde acudir. Hermandad que trabaja con las manos, mejora el pueblo, el entorno y enriquece las vidas de las personas. No soy religioso, pero me fue imposible no recoger parte de la espiritualidad que aquel lugar desprendía. Gracias por vuestra hospitalidad y generosidad con un leonés que caminaba con destino opuesto al peregrinaje jacobeo. 

Caminando de vuelta a Guijuelo, decido que lo mejor será romper con mi seguimiento de la vía. Sé que cerca de Béjar comienza de nuevo una vía verde que sigue los pasos a la antigua vía ferroviaria al menos hasta Hervás, ya en Extremadura. Atraviesa montañas al aire libre y recorre túneles. Es muy utilizada por ciclistas. Quizás quede para otro momento. Ahora mis pies, y las bojas que lo soportan, piden una tregua. Aun así, aun habiendo visitado otras partes de la provincia, no conozco el castillo montañés. Así que decido ir a la estación de buses.

En la capital de la comarca me recibe un cartel con una reclamación clara. El hospital de Bejar lleva tiempo cerrado [Nota de edición: en 2022 se encuentran algunas consultas abiertas] . Otros similares están por toda la provincia. Los pueblos se quedan sin su médico o médica que les atienda. Sin consultorio. Luchando por una vida digna y una administración que no les abandone. Con esos pensamientos y un buen libro paso el día de descanso en Béjar, finalizando con la llegada de vuelta a Salamanca, pone el broche final a dos jornadas solitarias, de aprendizaje, pateando la naturaleza.

Algunos conocerán personas que gusten de pisar senderos. Y es que conocer, conocerse y sentir a las personas así es realmente bonito. La espiritualidad es una montaña que se puede descubrir desde muchas aristas, cuya cima casi nunca se puede alcanzar en vida. Se hace el camino al andar. 35 años después del último tren que paso por esas vías, un pequeño leonés con una mochila y muchas ganas de caminar ha encontrado aventura y suficiencia en unas viejas maderas pegadas al suelo con vigas metálicas. Esa misma aventura que está según sales por la puerta de tu casa, sin irse a Australia, a Groenlandia o a Siberia. Que te transporta a lugares y a personas maravillosas, a conocerte a ti mismo. 


Nota de edición: A fecha de mayo de 2022 parece que el futuro de las vías que recorrí hace dos años está cada vez más claro. ADIF, empresa administradora de las vías, las ha cedido para que se pueda finalizar el tramo Alba de Tormes-Béjar como vía verde ciclista. Así pues, es posible que haya sido de las últimas personas en caminar por toda su longitud.

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