Caminando por railes [I]

Caminando por railes [I]

Caminando por railes de tren en búsqueda de uno mismo, o cómo encontrar la paz mental en un viaje entre la maleza. ¿Por qué se me ocurrió recorrer la extinta vía ferroviaria de la Plata desde Salamanca hasta Béjar? Voy a contar un poquito al respecto. Primero con una pizca de historia y puesta en escena.

Antigua ruta de comunicación entre Mérida y Astorga, viejas ciudades romanas conocidas como Augusta Emerita y Asturica Augusta, la ruta de la Plata vertebró durante años el oeste peninsular del estado español. Con inicio y fin en dichas ciudades se inauguraría, en 1896, el tramo completo del Ferrocarril Vía de la Plata. Su uso, hasta 1985, significaba vida para los pueblos, para las personas que los habitaban. Viajes en los que incluso se hablaba de trasladar la trashumancia a vagones. En cualquier caso, era importante para la industria textil bejarana, para la jamonera de Guijuelo y para la vida de miles de vecinos y vecinas. 

A vista de Google Maps se pueden adivinar hoy en día los tramos por donde este ferrocarril iba serpenteando las diferentes provincias. En Salamanca conectaría la capital con Alba de Tormes, Guijuelo y Bejar hacia el sur, y con la Tierra del Vino en dirección Zamora. Y es aquí donde comienza un pequeño viaje de descubrimiento en soledad, caminando bajo el más charro de los soles veraniegos, en dirección sur. Quería conocer la provincia. Quería encontrarme con y en ella. Y conmigo mismo.

87km aproximadamente recorría el ferrocarril entre Béjar y Salamanca

Un conocido que trabajaba en RENFE me había hablado del tramo Béjar-Salamanca y cómo lo había recorrido durante sus jornadas hacía bastantes años. Con muchas ganas de aprender, tras un buen madrugón, preparado para que mis pies trabajasen horas extra ese día, decidí comenzar un viaje que esperaba que me llevase en dos etapas a rozar la frontera extremeña. Casi 90km de incertidumbre, ilusión y descubrimiento. 

Saliendo desde la calle Libreros, una buena mañana de septiembre, con la penumbra como compañera, dejaba atrás la ciudad dorada para adentrarme en la ya construida vía verde que une Salamanca con la bella Alba de Tormes. Casi 20km por un camino bien preparado, en el que se dejaban entrever algunas señales ferroviarias, semáforos y antiguas marcas de kilometraje. Una rápida liebre quiso acompañarme durante los primeros minutos del amanecer. Este sendero esta lleno de historia, pues pasa justo entre los Arapiles, grande y chico, donde el duque de Wellington derrotaría a las tropas francesas en una cruenta batalla allá por 1812. Sin más compañía que mi mochila, sin cruzarme con un alma y dejando atrás estas colinas (que se ven desde el Teso de Aldeatejada, pero eso es otra historia), continué mi camino.

En Alba las piernas pedían un descanso, café y tortilla. Se dice que Santa Teresa fundó un convento en este lugar. Quizás fuese virtud religiosa, o quizás el camarero pensó que estaba afectado por el sol, pero no me dejó pagar, y me sacó un buen litro de agua fresca en cuanto supo que me disponía a llegar a Béjar en dos jornadas. Todo mi cariño a quien trabaje en el Hostal América. 

Una liebre me acompaña (izquierda arriba), vistas del Arapil Chico (derecha), llegando a Alba de Tormes (izquierda abajo)

El camino desde Alba se hace abrupto. La vía verde se acaba al kilometro de salir de sus calles y desde ese lugar es difícil ver por dónde continúa la vía del ferrocarril. Tras buscar entre unos matojos junto a un antiguo edificio en ruinas pude ver el metal. Tocaba caminar en linea recta, sin pausa. Torrejón de Alba deja pasar el ferrocarril al costado de su pueblo. Desde este momento uno tiene sus aprendizajes. Para el calor del sol hay solución, sobretodo cuando pasas junto a campos de girasoles con aspersores puestos. Eso sí, ten cuidado que si están muy cerca más probable es que te duches, y más aun que haya mucha maleza en el suelo creciendo a la sombra y con rapidez gracias al agua. Maleza que también gusta de saludar en la entrada y salida de los pueblos, donde parece coger fuerza. Solo tienes que escucharla.

Encinas de Arriba también se encuentra junto a la vía, sin parada en ella. Es una sucesión de pueblos de color blanco cal típicos de campo charro, acompañándome en la distancia, viéndome llegar. No dejes de parar en la frutería caso de que pases por aquí. Especialmente si llevas muchos kilómetros a la espalda. Es posible que una naranja jugosa con sus gajos te venga muy bien. O una manzana. Desde luego que un servidor las disfrutó. Buen consejo a seguir siempre que hagas un viaje largo, pues saben a gloria.

La via a su paso por Torrejón de Alba (izquierda) y justo después, junto a unos campos de girasoles (derecha)

Los vecinos se mueven entre las poblaciones a través de las vías. Un camino más seguro que el que se recorre por la carretera paralela. Explica también la falta de matorral en esos tramos entre los pueblos. La vía sigue dando vida hoy en día.

A lo lejos, a otros 3 o 4 kilómetros, se va viendo Sieteiglesias de Tormes. Pueblos que pueden tener su origen en asentamientos musulmanes, quizás repoblados por cristianos más adelante. Hoy en día encuentro gente hospitalaria, algo que vengo tomando por costumbre en este camino particular. Tras tomar agua, un buen queso y pedir consejo, encuentro un lugar ideal para tomar una siesta que me permita coger fuerzas para afrontar la tarde, además de pasar guarnecido las horas con el sol más abrasador. Me aconsejan descansar en La Maya a la noche, pueblo que queda cerca, en mi camino, a media distancia de Béjar y cuyo párroco es, al parecer muy abierto y acogedor.  

Hay tramos en los que uno adivina que va a tener que rodear la vía. Están sin desbrozar, salvajes o asalvajados. Muchas veces hay senderos junto a la vía, otras veces toca hacerlos y alguna menos afortunada pasar por entre las plantas. En esos casos hay que vigilar ropa y piel, pues una astuta técnica reproductiva ha enseñado a algunas especies a engancharse a pieles y prendas para después dejarse caer en el camino. Entre medias las mismas púas con que se enganchan al cuerpo pinchan a uno. Placentero, lo que se dice placentero, no es especialmente.

En ocasiones la maleza impide avanzar por la vía

Me encanta perderme en las historias de la maleza, auténtica compañera de viajes que me mantiene centrado para llegar a buen ritmo y buena hora a La Maya, no sin antes pasar por Fresno Alhándiga. Este pueblo, perfectamente cuadriculado, parece construido por el Ministerio de la Vivienda franquista desde el primer al último ladrillo. Recuerda a épocas pasadas, al NO-DO. Y en mi caso también me recuerda a un maravilloso tractor de regadío que me regaló una muy necesaria y esperada segunda ducha del día. Jamás vi aspersor tan grande. Dejo a mi lado justo en ese momento La Maya, pueblo que acabaré sin pisar. Visto desde la cercanía que da el paseo uno se queda con ganas al contar la historia. Volveré. He de decir que de una mezcla entre personas de Aldeatejada y La Maya surge el grupo Mayalde: música para no olvidar las tradiciones. Echadle un ojo. 

Se veía ya a lo lejos asomar la cabeza de la Sierra de Béjar, el Canchal de la Ceja. Como es buena hora, decido adelantar mi paso e intentar llegar a Guijuelo. Solo serían unos pocos kilómetros más, pensaba ingenuo de mi, y en Fuenterroble de Salvatierra, junto a la famosa villa jamonera, había un albergue de peregrinos conocido por caminantes.

Llamé para avisar de mi llegada en unas horas y me dispuse a caminar, sin saber que esto frustraría una parte de mis planes… Que contaré en la segunda parte de esta historia, dentro de unos días.

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